¿Estamos tan adentro de nuestros propios pensamientos que necesitamos algo externo para volver?
Como algo tan efímero como el sonido se queda tanto tiempo en los lugares más oscuros de tu cabeza.
No una respuesta.
No una solución.
Un sonido.
Algo que nos saque, aunque sea por un momento, de ese lugar donde todo se repite.
Tocar.
Soltar.
Saltar.
Bailar.
En una habitación llena de muebles que de pronto deja de sentirse pequeña.
O en medio de extraños que cantan lo mismo que tú como si no fueran extraños.
No es solo gusto.
Hay algo más difícil de nombrar.
Una forma de reconocimiento.
Como si esa canción hubiera estado ahí antes que tú. Esperando el momento exacto en que ibas a necesitarla.
Siento que la música no nos salva de lo que pasa afuera.
Nos salva de nosotros mismos.
De ese lugar donde todo se cierra.
Donde nada se mueve.
Donde las ideas giran sobre lo mismo hasta que ya no hay salida.
Porque hay momentos en los que uno deja de avanzar y empieza solo a reaccionar.
A lo que duele.
A lo que falta.
A lo que no salió como esperaba.
Y entonces aparece una canción.
No cambia nada.
Pero algo cede.
El cuerpo se mueve un poco.
La respiración cambia.
La cabeza deja de apretar.
Y por un instante, ya no estás completamente atrapado ahí.
Este fin de semana tuve la oportunidad de asistir al FEP. Y entendí algo distinto.
Que esa habitación en soledad no es el único lugar donde la música deja ver su luz.
Que también puede pasar afuera.
Entre miles.
Que la masa deja de ser masa y se convierte en algo que se mueve con intención.
Como una marea que sabe exactamente hacia dónde llevarte.
Y entonces pasa algo extraño: el de al lado ya no es un desconocido.
Es alguien que, de alguna forma, ya estuvo contigo en esa habitación.
Escuchando la misma canción.
Sosteniendo algo parecido.
Tal vez la música no nos salva porque resuelve algo.
Nos salva porque, por un momento, deja de hacernos sentir solos dentro de nosotros mismos.
Porque convierte la habitación en algo más grande.
Porque hace que miles respiren al mismo ritmo.
Porque te muestra que lo que llevas dentro también existe afuera.
Y cuando eso pasa, aunque sea por unos minutos, algo deja de pesar igual.