El 9 de noviembre viajé a Medellín.
No por trabajo.
No por una fecha especial.
Solo para ver a mi madre.
Para estar.
Han pasado catorce años desde que salí del nido,
como lo llamaría mi padre.
Catorce años desde que dejé de llamar “casa” a esa casa.
Así que ese día viajaba hacia un lugar
que ya no era mi hogar
y, al mismo tiempo,
era el único lugar al que quería ir.
El vuelo se retrasó.
La sala de espera tenía ese ruido constante de aeropuerto:
anuncios que nadie escucha del todo,
maletas arrastrándose,
gente que se despide sin mirarse demasiado.
Siempre llevo audífonos.
Son una frontera pequeña.
Una barrera que me pongo
para que el ruido de afuera
no amplifique el de adentro.
Mientras esperaba,
el modo aleatorio lanzó Casiopea de Silvio Rodríguez.
Soy fan de Silvio,
pero nunca la había escuchado.
No reconocí los acordes.
No pude anticipar la letra.
Tuve que prestar atención.
Y allí, en esa sala de espera,
con el vuelo demorado
y la ciudad aún lejos,
algo se acomodó.
La canción comenzó.
Y el ruido alrededor dejó de empujar.
Como si el silencio entre verso y verso
me hubiera escuchado primero.
Como si alguien estuviera teniendo conmigo
una conversación que yo llevaba tiempo evitando.
La canción no me decía qué hacer.
No me consolaba.
No me prometía nada.
Solo nombraba un estado.
Y entendí algo que llevaba meses bordeando:
lo que yo conocía como hogar
ya no existía.
No como antes.
No en la forma que me sostenía.
Y, sin embargo, no sentí pánico.
Sentí una claridad leve.
Viajar hacia la casa de mi madre
no era regresar.
Era aceptar que estaba empezando de nuevo.
A veces una canción no nos explica.
Nos reconoce.
Como una constelación que cambia de posición
y solo notas la diferencia
si sabes exactamente dónde mirar.
Casiopea no me prometía regreso.
Me ofrecía dirección.
No era volver.
Era aceptar que estaba partiendo.
Y en esa sala de espera,
observando la inmovilidad del avión en pista,
un silencio distinto atravesó mis audífonos.
No era nostalgia.
Ni despedida.
Era orientación.
“Quizá no sea yo cuando me encuentre”
El hogar no es un lugar fijo.
Es una coordenada que se mueve.
La canción terminó.
La pista seguía ahí.
Y yo ya estaba en otra parte.