El luto de todo lo que queremos ser

Hay decisiones que duelen incluso cuando son correctas. Este texto habla del luto de las posibilidades y de aceptar que cada elección deja algo atrás.

Hay un tipo de duelo del que casi no se habla.
No es la muerte de alguien.
Es la muerte de todas las versiones de una misma que no alcanzamos a vivir.

Durante años pensé que mi problema era la indecisión. Que si lograba aclararme, elegir un camino definitivo, una identidad firme, todo se ordenaría. Pero con el tiempo entendí que lo que realmente me dolía no era elegir. Era despedirme.

Sylvia Plath escribió sobre un árbol lleno de higos: sentada en la bifurcación, muriéndose de hambre porque elegir uno significaba perder el resto. He vivido mucho tiempo en esa imagen. No paralizada exactamente, pero sí consciente de que cada movimiento deja algo atrás.

He querido ser muchas cosas.
He querido ser una escritora disciplinada que escribe con pasión..
La creadora audiovisual que convierte cada idea en imagen.
La mujer coherente que hace lo que piensa.
La mujer libre que no le debe explicaciones a nadie.
La que se compromete.
La que no huye.

Y cada vez que avanzo hacia una versión, algo más cae al suelo.

Hace cinco meses terminé una relación de doce años. Doce años son una vida cuando se empiezan jóvenes. Durante mucho tiempo creí que el amor era quedarse, insistir, cuidar lo que se había construido. Pero un día entendí algo más incómodo: ya no tenía nada nuevo que poner allí. No era falta de cariño. No era rabia. Era la certeza de que las cosas que quería empezar a construir estaban fuera de esa historia.

Irme no fue un acto heroico. Fue silencioso.

Dolió como duelen los hogares que ya no pueden contenernos.
Pero al mismo tiempo se sintió correcto.

No es ambición.

Es esa incomodidad leve que aparece después de elegir.
Como si el silencio que queda no fuera vacío, sino algo que todavía respira.

Ahí entendí que el luto no siempre es por lo que se pierde, sino por lo que ya no vamos a ser dentro de algo. 

No es dramático hacia afuera. Nadie ve cuando una deja de ser una posibilidad. Nadie asiste al funeral de la mujer que pudo haber sido. Pero por dentro el duelo es real. Hay una sensación de pérdida constante, como si el tiempo estuviera tomando decisiones por mí mientras yo intento entender quién soy.

En The worst person in the world, Julie no cambia de rumbo porque sea frívola. Cambia porque percibe, con una lucidez casi dolorosa, que hay identidades que empiezan a quedarle pequeñas. La escena en la que el tiempo se detiene y ella corre por la ciudad es una fantasía imposible: vivir una posibilidad sin que eso implique perder otra.

Pero el tiempo no se detiene.

Las decisiones sí tienen consecuencias.
Las versiones caducan.
Los higos se arrugan.

Y, aun así, algo en mí empieza a aceptar que no se trata de salvar todas las vidas posibles. Se trata de honrar la que elijo, incluso cuando tiemblo.

No existe una versión de mí donde todo florece al mismo tiempo.

Hay ramas vacías.
Hay frutos que se pudren antes de tocarlos.
Hay decisiones que dejan el suelo lleno de restos.

Pero también hay una mano extendida.
Una boca que se atreve.
Una mujer que, aunque tiembla, camina.

Y esta vez no se queda mirando el árbol.

Quizás no se trata de elegir el higo perfecto.

Quizás se trata de aceptar que, mientras comemos uno, los demás caerán al suelo.

Y aun así, elegir.

El arte que influyó en este texto:

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