El frío no siempre se siente en la piel.
A veces se instala más adentro.
Como en esos pueblos
donde el mar golpea todo el año
y nadie espera
que deje de hacerlo.
No hay drama.
No hay exigencia.
El mar entra.
Sale.
Y todo sigue.
Solo la naturalidad
de lo que se repite
hasta parecer inevitable.
Yo también me acostumbré.
Durante mucho tiempo confundí amor con responsabilidad.
Creí que si alguien sufría cerca de mí,
yo debía hacer algo.
Sostener.
Resolver.
Amortiguar la caída.
Como si el dolor del otro
fuera un objeto frágil
que me correspondía cargar.
Durante años pensé que amar era eso:
hacerme cargo.
Ser fuerte.
Absorber.
Y sin darme cuenta,
vivía con la sensación constante
de deber algo.
Una explicación.
Un gesto extra.
Una última oportunidad.
Pero el amor no es una sala de emergencias perpetua.
No es un juramento de rescate infinito.
Hay una escena en Manchester by the Sea que nunca me abandona.
No por lo que se dice.
Sino por lo que no se puede reparar.
El dolor está en los silencios.
En la nieve.
En ese mar que no consuela.
Hace meses entendí algo desarmante:
yo estaba intentando contener un mar que no era mío.
El dolor de alguien más
no es una deuda.
Es suyo.
Y el mío
es mío.
El mar no cambia porque alguien lo desee.
No se calma por buena voluntad.
No retrocede ante la culpa.
El mar simplemente es.
Y hay personas que no pueden nadar en él todavía.
No porque no amen.
Sino porque están aprendiendo a respirar.
Separar eso
no fue frío.
Fue honesto.
Aprender a soltar el dolor del otro
no significa dejar de amar.
Significa entender
que no soy salvación.
Ni estructura.
Ni casa ajena.
Soy cuerpo.
Y un cuerpo no puede cargar océanos.