No sabía cómo explicarlo: nada estaba roto del todo, pero nada encajaba igual.
Aún no se como explicarlo.
Era algo más silencioso, más pesado que el fracaso.
Una especie de acuerdo interno gritaba:
esto es todo, no hay nada más.
La vida seguía funcionando,
pero algo se sentía incómodo por dentro,
como si estuviera viviendo en una forma que ya no me quedaba.
La incomodidad no vino con instrucciones.
Seguía haciendo lo de siempre,
hablando de lo de siempre,
pero todo me rozaba distinto.
No quería arreglar nada.
Tampoco sabía cómo moverme.Solo sentía ese ruido interno,
esa sensación de estar viviendo una vida que funcionaba,
pero que ya no se sentía propia.
En medio del ruido hubo una canción,solo una.
No llegó con respuestas.
Llegó sin pedir nada,
en un momento cualquiera,
cuando no estaba buscando sentir algo distinto.
La escuché sin atención al principio,
como se escuchan muchas cosas cuando una sigue funcionando.
Pero hubo un punto en el que mi cuerpo se quedó.
Era como si esa canción no quisiera sacarme de ahí,
sino sentarse a mi lado y decir:
puedes quedarte un rato más, no pasa nada.
Volví a esa canción más de una vez.
No porque me hiciera sentir mejor,
sino porque no me exigía nada.
La escuchaba en momentos en los que no sabía qué hacer conmigo,
cuando el día avanzaba y yo me quedaba un poco atrás.
No me empujaba a cambiar,
no me pedía decisiones,
no me prometía finales distintos.
Escuché esa canción muchas veces sin saber por qué volvía a ella.
No me explicó nada.
No ordenó el desorden.
Solo estuvo.
Ready To Let Go – Cage The Elephant apareció en un momento en el que no necesitaba respuestas,
sino algo que no me empujara a ser otra cosa.
No marcó un antes y un después.
Acompañó un mientras tanto.
Y a veces,
eso es suficiente
cuando una se está mudando.